Hablaba de la catarsis.
Al día siguiente se murió.
La muerte de un jóven militante a manos de los delincuentes que tienen tomados los sindicatos me deja en una disyuntiva: enfrento o no enfrento con ellos. Si no enfrento me comen, si enfrento me pueden tragar. Tengo la fuerza? No la tengo. Tengo opción de dilatarlo? No creo. Debo tener opción de dilatarlo, posponerlo, salir airoso de esta, resolverlo de la manera más increíble, jugar el as que ni siquiera yo sé que tengo bajo la manga. Esto es ficción.
La viuda toca el féretro, el pueblo pasa por miles frente al cuerpo del mortal que ha cumplido con su imperfecto ciclo. Y morir santifica y a uno le da por querer lavar culpas.
Tal vez es ancestral y tal vez por eso es religioso: la muerte tiene su ritualidad y genera un grado de locura, porque es imposible de entender. Es inconcebible.
Y digo un grado de locura que parte de dejar de percibir el tiempo, el hambre, el mundo, cambiar de rumbo en la vida.
Nos conocimos de toda la vida y eramos un equipo. Se ha ido y me siento sola para jugar. Sé que hay una multitud afuera esperando verme hablar, verme levantar los brazos y gritar combativamente demostrando fuerza, encabezando la carrera de los espermatozoides hacia el óvulo, de la sociedad hacia la felicidad y el bien.
Sé que hay miles que quieren protegerme y defenderme, y les agradezco. Yo soy una mujer y me doy cuenta, porque he perdido a mi esposo, que no va por aquí.
Cómo! No es esa tu línea.
Sí, es MI línea.
El guión dice otra cosa, esto es la tragedia griega.
Ojalá y pudiera explicarte con simplicidad, pocas frases no alcanzan para decir lo que tengo que decir y no alcanza con hablar poco tiempo. Pero tienes apuro, quieres que yo diga en una frase lo que no se puede decir en una frase.
Continuará...
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